CAMBIA POSITIVAMENTE TU VIDA COORDINANDO CON EFECTIVIDAD
- Renatta Casale
- 3 jun 2025
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 15 jun 2025

En todos los idiomas y culturas alrededor del mundo se practican pedidos, ofertas y promesas, como base fundamental de la comunicación humana. Lo que implica la forma en que nos relacionamos con otros para coexistir y sobre todo convivir en este mundo que compartimos. Así que, para ejercer nuestra legitimidad y poder declarativo, para crear nuestro mundo y estilo de vida, para que ese propósito que palpita en cada una de nosotras se vea materializado, necesitamos coordinarnos efectivamente en entornos familiares, laborales, de pareja y cualquier otro que sea clave para nuestro desarrollo.
¿Qué es esto de coordinarse? Es conversar con otros para hacer que las cosas sucedan. Es comprender que “solo decir” no es suficiente. Es necesario mostrar y hacernos cargo del escuchar del otro. ¿Cuántas veces nos ha pasado que hemos dado instrucciones para que algo ocurra de una determinada manera y pasa totalmente lo contrario? O, ¿cuántas veces hemos dicho a nuestros hijos que hagan alguna actividad y todo queda como si no hubiéramos abierto la boca jamás? Esto lo podemos extrapolar a cualquier ámbito: Familiar, laboral, de pareja, con los amigos, etc. Entre “decir algo” y que eso pase a la acción, hay un trecho largo, muchas veces incierto y a escala de grises. Por eso afirmamos que “decir”, no es suficiente; para que las cosas ocurran realmente hay que hacer acuerdos y esto implica asegurarnos de que hayamos hablado con claridad, pero sobre todo que nos hayamos asegurado de haber sido escuchadas.
La coordinación es un proceso, una danza con otros, donde la palabra es protagónica. Un arte que podemos aprender, desarrollar y sobre todo poner a favor de nuestra vida y propósito.
Coordinarnos es un juego cuyo ganador es la habilidad de ejercer tres acciones con el lenguaje: Pedidos, ofertas y promesas.
Los pedidos son como una especie de varita mágica. Podemos transformar el mundo entero haciendo pedidos. Solo que, si no están bien hechos, los resultados pueden ser un verdadero desastre.
El pedido es la acción lingüística donde recurro a otra persona para que realice una actividad de mi interés y se comprometa con materializar un resultado. Para que un pedido sea efectivo debe ser bien formulado y contar con la participación de la otra persona. Es decir, una vez que exponemos el pedido, esta debe declarar su aceptación y compromiso por el resultado. Es medular que esté hecho con absoluta impecabilidad y que además deje muy claro las condiciones de satisfacción, traducidas en los estándares de calidad, características y tiempos para la entrega de resultados. Lo que debe ser absolutamente comprendido por la persona que recibe el pedido y esto solo lo podemos comprobar indagando sobre qué fue lo que entendió y escuchó. Haciéndonos cargo de su escuchar.
Un ejemplo sobre un pedido puede ser: cuando pido a la pastelería una torta para el cumpleaños de mi esposo, me aseguro de que el proveedor tenga en cuenta sus sabores favoritos, la cantidad de invitados, la fecha del evento, etc. Este sería un pedido con condiciones de satisfacción claras.
Tanto la formulación del pedido como el acto de escuchar al otro garantiza buena parte de los resultados que yo busco. Ahora bien, ¿qué significa escuchar al otro? Cuando tomamos responsabilidad, no solo por lo que decimos, sino también por lo que el otro está escuchando, hacemos preguntas pertinentes para asegurarnos que no haya brechas entre la información que le estoy dando y su interpretación. La herramienta más eficaz para ello son las preguntas. En el caso del ejemplo anterior, donde contrato a la pastelería que prepare la torta de cumpleaños de mi esposo, luego de hacer mi pedido con las condiciones de satisfacción claras, puedo preguntar sobre los ingredientes que utilizan o si han hecho algún otro trabajo similar. Incluso podemos repasar la lista de sabores y características con la persona que nos está atendiendo. Hasta asegurarme de que ambas estemos manejando los mismos estándares.
Ahora hablemos de La Oferta: el acto lingüístico que se practica para anticiparse a un posible pedido. Es la acción del lenguaje que identifica a los emprendedores. Observo qué está haciendo falta, qué puede estar necesitando el otro y le brindo una posibilidad para hacerme cargo por él. Las ofertas, al igual que los pedidos, requieren de una danza conversacional donde alguien la formule, otro la acepte y entre ambos acuerden de manera clara e impecable condiciones para su ejecución. Siempre, de una oferta, surge una promesa. Un compromiso.
Partiendo del mismo ejemplo de la pastelería: supongamos que soy cliente desde hace varios años y que se aproxima el cumpleaños de mi esposo, entonces ellos también podrían anticiparse y ofrecerme las opciones de pasteles que tienen disponibles u otros postres, pasa bocas, bebidas, postres, etc, que puedan complementar la ocasión.
Las ofertas no solo se limitan al espacio comercial. También forman parte de la dinámica cotidiana. Una persona que hace ofertas permanentemente es alguien proactivo que conoce sus recursos y los pone a disposición de otros. Pongamos por caso que sé que mi vecina tiene el auto averiado; puedo ofrecerle llevarla un día a hacer sus compras de mercado. Lo importante acá es que esta oferta deje claro las condiciones de satisfacción para ambas. Fijar el día, la hora, el tiempo que puedes acompañarla, etc. Sin dejar espacios vacíos para las nocivas interpretaciones o el confuso “yo creía…”.
Prometer es declarar que accionarás de manera comprometida. Es actuar con- promesa, un tejido donde palabra y acción emergen y se alinean coherentemente en el mismo sentido. Y eso es lo que hace que las cosas ocurran.
La promesa nace de un pedido o una oferta que es aceptada. En el ejemplo de la pastelería, el pedido de la torta y, en el caso de la vecina, la oferta de llevarla al mercado. Ambos tienen como consecuencia una promesa final.
El día a día es una concatenación de promesas. Vivimos en dinámicas de pedidos que nos aceptaron, que aceptamos, de ofertas que hicimos o nos hicieron.
Ante la frustración comprendemos que hubo unas condiciones de satisfacción que no se cumplieron, que no acordamos o que quedaron a la suerte y ante la gloriosa gratitud nos damos cuenta de que alguien fue impecable en su entrega.
Seamos esa mujer que cuida las promesas, las que hace, las que recibe. Paremos de “esperar que las cosas pasen” y tomemos protagonismo en el proceso. El lenguaje es nuestro aliado, nuestro mejor recurso para aproximarnos al mundo que queremos.
Hay preguntas muy útiles para tener en cuenta a la hora de generar una promesa, bien sea a través de un pedido o una oferta clara: ¿Qué quiero? ¿Cómo lo quiero? ¿Para cuándo? ¿Cuáles son los detalles de lo que estoy pidiendo u ofreciendo? También es muy importante indagar qué entendió la otra persona. Todo esto ayuda a poner el lenguaje a nuestro favor. Para esta danza que llamamos coordinación de acciones no hay palabras que sobren; es necesario detallar, profundizar, acordar.
El enemigo de todo acto comunicativo es “asumir” o “esperar” que la otra persona actúe como yo lo espero, pero sin decirle una palabra.
PREGUNTAS REFLEXIVAS:
Escribe un pedido que puedes hacer hoy que constribuya con tu propósito.
Escribe una oferta que puedes hacer hoy que contribuya con tu propósito.
¿Que prácticas vas a incorporar a tu comunicación relacional para elevar la calidad de tus coordinaciones?
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¡Felicidades por seguir avanzando en este módulo! ¡Sigue adelante desarrollando herramientas para alimantar tu comunicación relacional!

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